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Sociedad

Carta abierta a la gente de Chaco, Luis Alfredo Sanchez, localidad de Puerto Vilelas, comisaría

Como deviene al caso, de público conocimiento, respecto a la bestial figura que me han otorgado con visceral sesgo de odio, dicho sea de paso, los organismos de Derechos Humanos que configuran y participan en la justicia chaqueña, me resulta propio y oportuno, hacer saber a toda esa gente de bien que pudiera o no prestar unos pocos minutos de su tiempo, enterarse que fui condenado no solo de forma judicial, como es debido, sino también socialmente ante estas jurisprudencias que dichas ramas abarcan las influencias de sus Fiscalías, todas, sin excepción; sean estos los llamados “Comité”…, “Secretaría”…, o “Querella…”.

Ante esto, me es propicio exponer que, en el cumplimiento de mi deber como un trabajador policial, la madrugada del 22 de octubre del año 2017, acudimos a un llamado en el que fuimos alertados que unos masculinos habrían sustraído una motocicleta en las inmediaciones del Pasaje Juan B. Justo, en la ciudad de Barranqueras, jurisdicción de la Comisaría 1ra. De tal modo, y con la justa premura que en estos casos de “in fraganti” delito por parte de algunos bien llamados “malvivientes” apremia, tuvimos la inercia justa y el mayor sentido de responsabilidad por intervenir, a lo que, en un momento dado, visualizamos a la persona que cumplía con las características señaladas por parte de la base policial, y por si nos hacía falta corroborar si era o no el sujeto ladrón, al percatarse este de nuestra presencia, huye lo más despavorido posible como quien de antemano sabe que EFECTIVAMENTE le ha hecho un mal a otro semejante.

Nuestro deber, desde luego, hubiera sido el alcance y la reducción del mismo para ser colocado ante la justicia para el correspondiente juzgamiento, no obstante, ha ocurrido el factor menos pensado por ninguno de nosotros, los policías, al momento de ejercer nuestra labor de mantener el orden y salvaguardar la propiedad privada/colectiva de las personas como así también, sus propias vidas: la fatalidad.

El ciudadano Martínez ha intentado despojarme de mi arma para hacer uso a sus fines, sin embargo, dentro de mi escasa, por no decir nula experiencia en el desempeño de mi tarea, ejerzo la suficiente resistencia… tanto es así, que la situación logra casi superarme, pero, en el forcejeó inmediato con esta persona, es él quien resulta herido de gravedad, pero que, tranquilamente, podía haberle sucedido a mi integridad física.

Debo hacer conocer, además, que hasta entonces, llevaba trabajando en la fuerza unos pocos meses, no más de cinco, y no contaba aún con la provisión de arma de fuego, no fue sino hasta el propio mes de octubre, días antes del hecho, en que mi camada y yo fuimos provistos por parte de la Institución Policial de dicho elemento.

Hago saber que la “capacitación específica” desde la propia fuerza, como me adjudicaron, fue prácticamente nula, ya que es irracional que, siendo policías, anduviéramos tan precariamente ejerciendo nuestra tarea.

Resulta incomprensible relacionarme con mi arma de fuego casi seis meses después de haberme recibido y ser juzgado como el “experto” que jamás fui, desligando de toda responsabilidad, entre otros, a la misma policía de la que fui parte. Sin exagerar, he soportado traumas con el único afán de que la justicia sepa dilucidar lo que pasó realmente, sin embargo, no han hecho más que argumentar que “la Policía” ha hecho uso de su facultad de disparar a mansalva bajo la firma de “Gatillo fácil”, cuando no es así de ningún modo, porque un policía no sale a asesinar a nadie, sí a defender a quien ni siquiera ha conocido nunca y es capaz de dar la vida por el otro, no por preparación, sino por naturaleza. No hicimos más que acudir a un llamado por un robo y terminaron dibujando en mí, una especie de figura inhumana que no se ajusta de ningún modo a aquella realidad.

Deseo que la sociedad se haga eco de lo que me sucedió y de lo que realmente sucedió, que es una incompleta injusticia ante un hecho que se pudo haber llevado la vida de cualquier persona en aquel momento, ya sea un transeúnte o la mía misma, porque si no hubiera luchado por no dejarme arrebatar el arma, solo Dios sabe qué hubiera pasado.

Mi vida, como la de ustedes, vale tanto como la de quien se ha terminado, mientras unos trabajábamos cuidando a quienes trabajaban, otros salían a quitarles el fruto de sus esfuerzos o, simplemente, atentar contra la sociedad, pero la demagogia de los poderosos ha podido más y me ha condenado con el peso más terrible que pueda condenarse a un ser humano en mi provincia, la condena perpetua.

Apelo a su ayuda, señora, señor, de alzar su voz contra la injusticia y no permitir que se lleve a cabo una condena injusta, créame que puede ayudar alzando la voz, siempre alzando la voz, devolviendo quizás un poco de solidaridad por quién ha hecho de todo corazón, protegerlos sin conocerlos. Y quiero que me conozcan, que conozcan la otra parte, la que hicieron callar, la invisible, la del “monstruo”. Dios todo lo sabe, todo lo ve y todo lo arregla, y usted también puede hacerlo, señora y señor vecino. Estamos en lucha, porque mi familia y mis amigos no van a dejarme caer, es por eso que siento la imperiosa necesidad de que la única verdad llegue a todos y cada uno de ustedes y se levanten conmigo exigiendo una revocación de lo que han hecho, sin prejuicios, sin arbitrariedad y sin demagogia de ninguna índole. Así será.

 

LUIS ALFREDO SANCHEZ, DNI:  37.584.792

 

EXPEDIENTE: 1-32.673/20

SENTENCIA N° 131

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